XXXXIII

The Repeatles

En estos momentos, donde realmente me siento impotente frente a mis emociones, me torturo escuchando la melancolía ajena.

En esos días dónde te preguntás si existís en realidad, es ahí donde más duele.

Siempre encuentra un motivo para robarme mi realidad, nunca me pudo olvidar.

La verdad es tan relativa, pasaron tantas cosas, que ni a ella la puedo reconocer.

Pero allí se encuentra él y me carcome su silencio. 

Y pienso: “No me dejes de hablar, no te puedo olvidar así de fácil; hablemos y digamos que ya terminó”.

Gotas de “otra vez” caen sobre mis párpados dormidos.

Nunca recibiré suficiente de ellos.

Pero, aún lo sigo sintiendo, aunque nos lastimemos, todavía nos amamos.

Me debo, al menos, intentar hacer las cosas bien.

Age is nothing but a number

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Después de un cachetazo violento de realidad, me vi como arrastrada por una gran mano invisible que me despedía de una etapa y me asentaba muy firmemente en otra.

De repente, los temas eran otros, las realidades otras y me quedé quieta, observándolo todo, tratando de asimilar que, finalmente, estaba en otro plano de mi vida.

El momento en el que sucede es raro. No te imaginás nunca siendo “grande”.

Lo que me pasa a mí con los números es un poco extraño de procesar, siento que nunca dejé de ser esa adolescente rabiosa, con hambre de rebeldía 24/7; no obstante, hay momentos en los que me siento más mujer que nunca. Quiero empujar las etapas “adultas” de esta vida lo más lejos posible, no sea cosa que me pierda de cosas por vivir; sin embargo, en el fondo, quiero con mucha intensidad una porción de todo lo “estable” que traen los años.

Siempre fui muy dual. En mis veinticortos, pasaba de la bohemia al capitalismo urbano en un segundo. Hoy, que lucho intensamente por mantener ambas partes de mi ser en equilibrio, me agarra una sensación igual de dual: o pateo el tablero y barajo de nuevo, o no. Pero con una salvedad: Entendí, por fin, que esa es parte de mi escencia… And I’m cool with it.

Conclusión #1: Los años no vienen solos, sí, pero no por ellos hay que dejarse moldear por la rutina y las obligaciones.

Conlusión #2; Seguramente, no tenga ni la mitad de lo que varios tienen, o tuvieron, resuelto a los 28 años… pero si de algo estoy segura, es que soy más feliz.

Si Jagger y mi abuela pueden rockearla con tanta magia, yo mejor me despreocupo.

*Fin del comunicado*

Che, ¿qué onda?

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Por: Emilia M., 2010

A lo largo del tiempo, no sólo se produjo una evolución económica y política, sino también una mutación lingüística que vale la pena observar con atención. Las palabras mutan, mejor dicho, el uso que la juventud hace de ellas muta, y si no me creen, pregúntenle a sus señores padres cuál era el léxico utilizado en su juventud y así entenderán por qué se sienten completamente perdidos cuando nos escuchan hablar. Yo me pregunto, queridos jóvenes, ¿por qué tenemos la costumbre de fanatizarnos con una palabra, aplicarla en cualquier momento y adjudicarle mil y un significados distintos, cuando contamos con un idioma vasto en vocabulario?

Entonces, se me ocurrió inventar una conversación en la cual se incluyeran casi todos los usos que le damos a la palabra “onda” (porque seguro hay más), y para eso, me puse a charlar con amigas y a tomar nota. ¿Qué estresante, no? He aquí dos conversaciones, una con un tinte positivo y otra con un tinte negativo:

  • ¡Ay, boluda! ¡No sabés! Onda, la pasamos increíble. Ahora espero que me vuelva a llamar.
  • Pero, ¿cuántos días pasaron? ¿Pegaron onda?
  • Tres, cuatro días, y sí hubo onda nena, si no… no estaría así, ¿o no?
  • ¿Por qué no le mandás un texto?
  • ¿Diciendo qué?
  • No sé… ponele un “Che, ¿qué onda vos?” Como para ver qué onda. Además pensá: no lo estás invitando a salir ni nada, el “che, ¿qué onda?” es lo más neutro del mundo.
  • Si, tenés razón, además él es re buena onda.
  • ¡Amiga! ¿Cómo te fue con el chonguito que te presenté?
  • Ni me hables. Yo a vos te tengo que matar. El pibe este tenía menos onda…
  • Uh… Sorry, amiga… onda, ¿qué pasó?
  • Nada, es un tarado, no sé hasta llegué a pensar “¿y este qué onda? ¿de qué se la da?”
  • Bueno, te prometo que el próximo va a valer la pena.
  • ¡No! Voy a dejar de hacer esto, de onda te lo digo, me cansé de ponerle onda a estos encuentros desafortunados. Yo sé que vos lo hiciste de onda, pero no puedo seguir así de desastre en desastre…
  • Que mala onda, amiga… ¡tal vez un respiro no te venga nada mal!

Como vemos, la cantidad de usos son muchísimos, pero para comenzar con este análisis qué mejor que preguntarnos cuál es su etimología. Así que, señores, no nos queda otra que poner las manos en la maza y empezar a desglosar:

Según la Real Academia Española (www.rae.es), la palabra “onda” viene del Latín unda –que significa “ola o remolino” (1)– y es un sustantivo femenino que, principalmente, significa: 1) Cada una de las elevaciones que se forman al perturbar la superficie de un líquido; 2) Movimiento que se propaga en un fluido; 3) Cada una de las curvas, a manera de eses, que se forman natural o artificialmente en algunas cosas flexibles, como el pelo, las telas, etc.; 4) Cada uno de los recortes, a manera de semicírculo, más o menos prolongados o variados, con que se adornan las guarniciones de vestidos u otras prendas.

Pero, que yo sepa, el primero que me habló de ondas fue mi profesor de física. Él nos hablaba de “ondas cortas”, “ondas de choque”, “ondas electromagnéticas”, “ondas largas”, “ondas luminosas”, “ondas medias”, “ondas portadoras”, “ondas progresivas”, etc. Sin embargo, la realidad es que la juventud llevó a cabo un proceso de adaptación, en el cual agrandó la lista de posibles significados a partir de la imagen que  le produjeron los usos coloquiales. Entonces, ¿qué onda todo esto? Tal vez, al consultar un diccionario de jergas de habla hispana (www.jergasdehablahispana.org) logre encontrar algo que describa fehacientemente la realidad lingüística juvenil y me aclare un poco más el panorama. Efectivamente, la palabra “onda” puede significar en Argentina: 1) (Sust. fem.) Cosa negativa o positiva. Si se utiliza sólo es algo positivo; 2) (Loc. vb.) Haber onda. Mostrar simpatía, interés, amistad; 3) (Conj.) Onda que… Parece que, o sea que; 4) (Adj.) Dicho de una persona. Buena onda, simpático, agradable, afable. Mala onda, malvado, cruel, insensible; 5) “¿Qué onda?” utilizada como frase interrogativa para preguntar qué sucede o como saludo; 6) (Loc. Vb. Coloq.) “Tener alguien buena onda”. Tener una actitud positiva hacia alguien; 7) (Loc. Vb. Coloq. Jerg.) “Tener onda con alguien”. Dicho de dos personas: Sentir inclinación mutua afectiva y espontánea. Así y todo, me topé con algunas frases, no tan actuales en la jerga juvenil, pero que aún siguen en carrera para convertirse en las favoritas de los adolescentes: “Captar la onda” (2), “estar de onda” (3), “estar en la onda” (4), y “estar fuera de onda” (5).

Sr. Lector, si Ud. está pensando que aplicará correctamente el uso de la palabra “onda” en el contexto adecuado, está Ud. en serios problemas. Pero empecemos por el principio. Por un lado, en física, una onda es una propagación de una perturbación de alguna propiedad de un medio, por ejemplo, densidad, presión, campo eléctrico o campo magnético, que se propaga a través del espacio transportando energía. Por otro lado, la espiritualidad –un campo que poco tiene que ver con la ciencia– aplica el mismo discurso al sostener que el cuerpo es materia que transmite energía a través de ondas (6). Yo me pregunto con la misma perplejidad que Ud., Sr. Lector: ¿Desde cuándo la ciencia y la espiritualidad comparten ideologías? Claramente, las apariencias engañan.

Cuando decimos que una persona tiene “buena o mala onda” nos referimos a la energía que aquella transmite, la cual es capaz de transformar un ambiente, de la misma manera que una onda perteneciente al campo de la física puede transformar cualquier medio. A través de ella podemos sentir el tipo de energía con el que está cargado un lugar o una persona. Lo mismo podemos decir cuando sentimos, por parte del otro, un abandono total de energía al usar “tiene menos onda…”, el cual puede completarse con una apódosis como “… que un renglón/bandera de chapa/pelo lacio/pelo de indio/pelo de chino/Verón cantando ‘un yoghurt cada día’/papel milimetrado/partido de bochas por la radio/etc.”. La idea es que se describe algo o alguien que es aburrido, rígido, constante, que no dice nada, etc. ¿Pero qué pasa cuando decimos que algo “va con onda” o que hacemos algo “de onda” o cuando le queremos “poner onda” a algo? Con estas expresiones canalizamos el uso de esta energía, ¿no les parece?: cuando hacemos algo desinteresadamente, lo hacemos de onda; cuando queremos decir algo y no queremos que suene feo, decimos que va con onda; y cuando ponemos lo mejor de nosotros para emprender cualquier actividad, le ponemos onda. Con lo cual, este sustantivo tan particular tiene una estrecha relación con la actitud. Podemos afirmar que la energía espiritual, que nada tiene que ver con la religión, sino más bien con el espíritu, es el aliento motivador que permite llevar a cabo acciones en un estado de felicidad plena.

Entonces, ¿es posible que la polisemia de la palabra “onda” tenga como origen la asociación inconsciente que hace el cerebro humano entre sentido y estado de ánimo? ¿Puede ser que la juventud use tanto esta palabra porque la transmisión de energía los mantiene en un estado de felicidad constante? ¿Será por eso que en vez de preguntar “Che, ¿cómo estás?”, pregunten “Che, ¿qué onda?”? Porque si afinamos bien nuestros oídos nos daremos cuenta de que esta frase es una plaga. Sirve para todo y la encontraremos junto con complementos nominales que especifican el significado de la “onda” a transmitir. Por ejemplo, si decimos “Che, ¿qué onda, hay clases?, preguntaremos, en este caso, si pasó algo que nos perdimos (el “hay clases” puede reemplazarse por cualquier frase nominal); si preguntamos “¿qué onda tu vida?” nos referiremos a las novedades sobre la vida de una persona; pero utilizaremos “¿qué onda esto?” para pedir que alguien nos explique qué hacer con algo o qué es algo, cualquier cosa; en una situación más íntima, le preguntaremos “¿qué onda vos?” a un amigo, sólo para saber en que anda; y expulsaremos a los extraños y a las cosas raras con un “¿y éste/esto qué onda?”.

A modo de conclusión, podemos afirmar que nosotros –sí, me deschavo como joven que utiliza esta palabra a mansalva- tomamos la palabra “onda” (aquella cuyos significados refieren al campo de la física) y con ella moldeamos un sin fin de sentidos a partir de la imagen que nos generó y de la inclusión de otro campo temático/lingüístico como es la espiritualidad. Si nos ponemos a pensar, la espiritualidad se basa en la transpersonalización del ego: esto quiere decir que la energía que alienta nuestra naturaleza da lugar a la existencia de un espíritu superior del cual depende nuestro ego. Si logramos armonizar el alma y el espíritu, seremos capaces de trascender, con lo cual, ¿quién le dice, Sr. Lector, que no elegimos esta palabra a propósito? Quizás nuestro ego adolescente quiere que marquemos una tendencia, que no perdamos la efervescencia y que logremos transcender a través de la rebeldía en el uso lingüístico de las palabras. ¿Quién sabe?

La realidad es que queda mucho por decir. Es una palabra que se puede aplicar tanto al campo de las artes, de la comunicación, del amor, del odio, etc., porque se refiere a las conexiones que podemos tener entre nosotros, con nosotros mismos, con un área específica o simplemente con la vida misma. No obstante, espero haber ayudado a aquellos que siempre se quedan con la boca abierta cada vez que nos escuchan hablar y haber pasado en limpio correctamente los usos que hoy en día se hace de dicha palabra. Desde ya, muchas gracias.

NOTAS

(1) A lo largo de la historia, la palabra unda dio lugar a la palabra undula, que significa “pequeña onda”. De ahí surgieron las palabras “microonda”, “ondear”, “ondulación”, “ondular”, etc.

(2) (Locs. Vbs. Coloq.) Darse cuenta de algo disimulado o apenas explícito.

(3) (Loc. Vb. Coloq.) (Argentina) Estar de moda.

(4) (Loc. Vb. Coloq.) Estar al corriente de las últimas tendencias o de lo que se habla.

(5) (Loc. Vb. Coloq.) Estar desfasado, desconectado de las últimas tendenias o de lo que se habla.

(6) Un ejemplo claro es el de los mantras, ya que transmiten energía a través de los sonidos. Decir cualquier palabra produce una vibración física real. Si la vibración física se combina con una intención mental, entonces la vibración contiene un componente mental que influye en el resultado de cualquier acción. Además, los mantras son pensamientos que crean ondas de energía, que se envían como impulsos a través de nuestro organismo y, por supuesto, nuestro organismo puede absorber la vibración de otros organismos cercanos. Cuando un organismo vibra en sintonía con la energía y el estado espiritual que representa, se produce un cambio de estado. El organismo se convierte en otro.

A quién corresponda,

Rama

Creo que, tal vez, la mejor manera de empezar esta carta, si no la más exacta, es diciéndote hola, pero no estoy muy segura. Tal vez tenga miedo, digo, me es muy difícil establecer un punto medio entre lo “cursi”, y el desinterés, porque, ¿quién sabe?, tal vez, no quiero que me malinterpretes, o sí, no sé. Pero, el meollo de este asunto es, sin dudas, simple.

¿Cómo estás? ¿Bien? Me encantó conocerte el otro día. Aunque me esté costando horrores escribir esta carta, creo que es el momento indicado para hacerlo. Vos te preguntarás la finalidad de esto, pero ni yo sé hacia dónde estoy yendo. Teneme paciencia, no estoy acostumbrada a que todo fluya con normalidad, de hecho, la vida me enseñó, lamentablemente, que el amor y el dolor van de la mano, con lo cual, mi inseguridad, sí, esa que conociste el otro día, se eleva día a día y alcanzó, hoy, una altura inimaginable.

A pesar de todo lo que vos me decís, sé que si no doy un paso para adelante, vos vas a dar uno para el costado, ¿y si te vas, qué hago? Por eso me armé de coraje el otro día, pero me acobardé antes de empezar, y te digo más, vos tampoco fuiste muy claro cuando hablaste. Me perturbó eso, en realidad, me perturba todo el tiempo, digo… la falta de claridad. A veces no entiendo que vos, tal vez, estés en la misma situación que yo, ni que experimentás las mismas sensaciones, y nos empeñamos, o al menos yo, en empañar todo. Porque, ¿sabés una cosa? Yo no veo bien, me cuesta demostrar mis sentimientos, adoro mi independencia y soy reacia a cualquiera que intente invadirme, ¿vos te bancás eso? ¿Eh? ¿Ves?, ahí va mi inseguridad. Dios mío, no puedo dar tantas vueltas.

Sin embargo, y cambiándole el rumbo a esto, vos sabés muy bien, y si no lo sabés te lo digo, que cuando estamos juntos todo parece encajar, como si vos fueras la figurita que me faltaba para completar el álbum. Sos “eso” que me complementa y creo que no me queda más para decirte que te quiero, y mucho.

Por: Emilia M., 2010

Diario de lectura – “Glosa” de Juan José Saer

Silence

Por: Emilia M., 2010

Cuando comencé a leer esta novela, lo primero que me llamó la atención fue el título. Asumí que, para un escritor, nombrar una obra no es algo que se hace porque sí, sino que cumple la función de introducirle la trama al lector. Con lo cual, busqué el significado de “glosa” y dí con lo siguiente:

Glosa: Explicación o comentario de un texto oscuro o difícil de entender. Nota que se pone en un instrumento o libro de cuenta y razón para advertir la obligación a que está afecto o sujeto a algo, como una casa, un juro, etc. Nota o reparo que se pone en las cuentas a una o varias partidas de ellas. Composición poética a cuyo final, a al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos. (Música) Variación que diestramente ejecuta el músico sobre unas mismas notas, pero sin sujetarse rigurosamente a ellas.

Ahora bien, habiendo terminado la novela, puedo afirmar que todos los elementos que componen el significado de la palabra “glosa” se aplican a la estructura narrativa de la novela. A lo largo de ella, pude sentir la rítmica que diseña Saer para construir una partitura literaria que se instala en un tiempo determinado. De hecho, lo que creo que Saer trata de plasmar en la novela es esta noción de interpretación de un género literario –en este caso, se disputa lo que pasó realmente en el cumpleaños de Washington Noriega– combinada con la variación que un músico ejecuta sobre las notas de su partitura –en este caso, la manera en que construye las historias a partir de la linealidad de una caminata–.

Además, Saer construye un para-texto que se relaciona con esta idea de “rítmica literaria” y que pone de manifiesto puntos de contacto con otras novelas/comedias que juegan con estas estructuras, como por ejemplo El Sonido y la Furia de William Faulkner y El Banquete de Platón. Con lo cual, antes de empezar la novela, el lector tiene en sus manos elementos que le anticipan la trama: palabras como “gramática”, “comedia” y, por lo tanto “ironía”; la noción del tiempo y el espacio; y la cita de los versos de Tomatis que, como vemos adentrada la novela, se le da un valor simbólico muy importante.

Las primeras siete cuadras

Para empezar, diría que lo que más me atrajo al comenzar esta novela fue el narrador, el cual se lo percibe indeciso, impreciso y hasta parece no importarle lo que va a contar; supone que el lector ya está familiarizado con la historia y que no necesita ser muy explicativo. Esto lo podemos ver en estructuras que se repiten a lo largo de toda la novela, por ejemplo: “…en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser más exactos, todo eso.” [1]; “Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre (…) el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos –qué más da-.” [2], etc. Por otro lado, la estructura de la novela me parece muy inovativa: Saer construye la trama a lo largo de 21 cuadras y las divide en tres partes compuestas por siete cuadras cada una. A mi, particularmente, me pareció simpático que estén así divididas, ya que sale de lo común.

Para los que leímos El Banquete de Platón, podemos ver claramente que la estructura es básicamente la misma: dos personas que se encuentran inesperadamente e intentan reconstruir los hechos y diálogos sucedidos en una fiesta a la cual ninguno de los dos asistió. Para reconstruir el hecho, Saer recurre a una estructura reiterativa durante toda la novela: “Dice el matemático, que dijo Botón, que dijo Washington, que dijo…”, con lo cual accedemos a la historia siempre a través de lo que nos cuentan otros. Además, el narrador no sólo se auto-refiere constantemente, sino que crea con el lector una familiaridad y, a la vez, una incertidumbre de nunca saber cuál es la verdad absoluta. De hecho, esto le saca el embelesamiento al lector y convierte al narrador en la figura de la ficción –quiero decir que él se convierte en el foco de atención, ya que uno viene atrapado por el relato y aquellas imprecisiones nos sacan del contexto narrativo principal–.

Con respecto a la descripción geográfica, comienza siendo bastante indefinida, ya que el autor trabaja con objetos comunes que tranquilamente le podrían pertenecer a la mayoría de las grandes ciudades del país (palabras como: “boulevard”, “Av. San Martín”, “centro”, “colectivos”, etc.). Luego, a medida en que avanzamos en la novela, Saer va agregando elementos que nos indican que en realidad se refiere a una ciudad de Santa Fe.

Por otro lado, Saer plantea referencias rítmicas (“ir y venir”) que nos dan la sensación de que vamos y venimos en la trama. Por más de que haya una línea rectora, el autor plantea grietas por las cuales los personajes se deslizan, y, a medida en que van caminando, se produce un entrecruzamiento entre las voces narrativas. De hecho, Saer se adentra en descubrir lo que hay “más allá”, ya sea la esencia de la lengua (significado vs. contenido semántico), del recuerdo (por ejemplo, Leto se olvidó del Leto que sufrió en el pasado), o de lo humano. Se detiene en detalles que desconciertan al lector como, por ejemplo, las frases que se articulan casi automáticamente y que los personajes –en este caso, Leto– las dejan pasar porque creo que él, particularmente, se ha creado una coraza contra lo predecible, pero en el momento en el cual se detiene a pensar en aquellas frases (“Él, que ha sufrido tanto” [3]). Esto es lo que sucede con Isabel, la madre de Leto, la cual me pareció el personaje más siniestro de todos. Ella es fría, perfeccionista, actriz e irreal.

De cualquier manera, Leto se encuentra con el Matemático. Se puede percibir un tono melancólico en Leto cuando esto sucede, de hecho, son dos personajes completamente antagónicos. Ambos, a su manera, se comparan, se menosprecian, se tienen celos, se envidian, se endiosan, hasta pareciera que a pesar de la competencia constante se complementaran: “A pesar de la diferencia de estatura, Leto y el Matemático llevan el mismo paso (…)” [4]. Nosotros como lectores nos preguntamos cómo personajes tan antagónicos pueden tener puntos de encuentro, pero luego nos damos cuenta de que Saer describe sentimientos comunes a todos y que raramente vemos escritos, hay cosas que nos unen sin importar la clase social ni la ideología. A partir de este encuentro, Saer comienza a plantear el trasfondo social y político de la época.

Ángel Leto lo sentí melancólico y nostálgico durante toda la novela. Recuerda su infancia, a través de la cual tenemos acceso a su humanidad, y nos va generando imágenes a partir de los mismos.  Plantea la disfuncionalidad real de su familia: es un misterio la relación entre sus padres, y desmiente la perfección de los recuerdos con los que se guía su madre, y es la reflexión de Leto lo que lo lleva a darse cuenta de que no tiene nada que ver con ella, que, de hecho, los separa un abismo inconmensurable. Una figura fuerte es la del padre y el por qué de su suicidio, que nunca lo sabemos. Es como si Saer no quisiera que sepamos todo de todo, sino que se guardara siempre algo para sí mismo, y con respecto al suicidio del padre, podemos relacionarlo con la tragedia griega. Durante el recuerdo, utiliza mucho el “se” impersonal, como si, efectivamente, Leto quisiera impersonalizar la acción. El Matemático recuerda el momento en el que se iba a encontrar con un poeta de Buenos Aires (“el Episodio”), y podemos ver que el recuerdo representa el pasaje de la adolescencia a la adultez y cómo las desilusiones nos hacen crecer.

Hubo muchas cosas que me resultaron muy graciosas. Una de ellas fue cuando Leto escuchó, por primera vez, el nombre de Botón: “A decir verdad, cuando oye el sobrenombre, lo primero que se representa es un verdadero botón (…)” [5], o cuando el Matemático le describe el quincho de la quinta de Washington, Leto no lo conoce: “Superando una fracción de segundo de confusión, Leto se ve obligado a instalar el quincho imprevisto entre los árboles del fondo” [6]. Uno tiende a asociar las cosas que desconoce con lo que conoce. Otra cosa que me pareció interesante es que, a medida en que uno avanza en la lectura, conoce un poquito más acerca de los personajes; Saer les agrega nombres y apellidos, años, etc.

Hay un momento en el cual Leto se sumerge en sus recuerdos y el Matemático sigue contando lo que le contaron sobre la fiesta, entonces es aquí donde el narrador sale a la superficie y delinea una construcción narrativa paralela que se abstrae de ambos personajes.

Yo, como lector, tuve la sensación de que no me podía distraer ni un segundo, y cuando llegaba a un nivel alto de concentración, me sentía en la piel del narrador. Creo que en esta parte vemos la evolución personal que desarrollan ambos personajes, como que los dos ya pasaron la adolescencia y se enfrentaron cara a cara con situaciones que requirieron dejar atrás la ingenuidad de la juventud. En Leto lo vemos más en detalle, ya sea por la actitud que él toma frente a su madre o mismo por la referencia que hace a los “Quaker Oats”, como si deseara que la infancia fuese eterna: “Esto no era lo que yo esperaba. Todavía no es como yo pienso que debe ser. No es posible que esto sea todo” [7]. Otro punto importante es que esta primera parte plantea los puntos temáticos que se van a retomar a lo largo de toda la novela

Las siete cuadras siguientes y las últimas siete cuadras

Aquí aparece un tercer personaje que se une a la caminata de Leto y el Matemático: Tomatis, el cual les provee de una versión bastante más distorsionada que la que le dio Botón al Matemático. Su versión es más cruda, tal vez porque lo encuentran con un humor más sarcástico, quién sabe, el punto es que se pone en tela de juicio la realidad y la no realidad y se las relaciona con el discurso de la física y el existencialismo.

Al principio, el narrador vuelve a retomar el comienzo de la novela y el fin de las primeras siete cuadras. A mi me dio la sensación de que así como hay distintas versiones de lo ocurrido en la fiesta, Saer nos quiere dar la oportunidad de crear distintos significados en la lectura de las mismas. Quiero decir que con el mismo contenido semántico, el autor reelabora el texto y crea en el lector un efecto de extrañamiento –ya que no estamos seguros si tiene sentido que los repita– y, como consecuencia, la trama se vuelve lenta y sentimos que no avanza.

Hay intertextualidad: “¡Sht! Il terso conchertino dilestro armónico” [8]. Se me ocurre que el autor hace alusión al movimiento Futurista cuando se refiere a los ruidos cotidianos de la ciudad como música: “Los ruidos matinales de la calle principal, vehículos, pasos, voces, (…) en la que se engasta (…) la música (…)” [9]. Más adelante, el narrador cuenta que Leto conoce Rincón Norte y que no tiene dificultad en imaginarse a Washington sentado, etc., pero pareciera como si él sólo pudiese imaginar lo que ya conoce, y yo me pregunto si en eso consiste imaginar.

En esta segunda parte, el tono del narrador cambia. Tengo la sensación de que está nervioso. ¿Podemos trazar un paralelismo entre el tono del narrador y el contexto socio-político? Otra razón puede ser que cada vez hay más versiones de lo ocurrido en la fiesta, la narración pasa por muchos tamices, en los cuales la versión resultante tiene un matiz propio adquirido del personaje que la cuenta. Además, el vocabulario es más lunfardesco.

Aparece el hermano del Matemático, quien pareciera ser su opuesto. Aquí nos resulta difícil obviar el conflicto de clases. Por más de que el Matemático trata de despegarse de la burguesía sanguinaria, termina siendo igual de elitista.

Me llamó la atención la edad de los personajes. Por un momento, pensé que se trataba de adultos pasados los 40 años, sin embargo, Leto y el Matemático no pasan los 30. Con lo cual, hoy en día podríamos interpretarlo como una crítica social, en el sentido de que durante la época peronista (por poner una fecha) la juventud tenía ideales, se involucraba y se responsabilizaba muchísimo más que ahora.

Se habla de caballos y de mosquitos, pero lo más llamativo es el verso que Tomatis le entrega al Matemático. Se transforma en un objeto casi de deseo y Saer explora la superstición, podemos decir que el poema aparece primero como un objeto exterior a la estructura narrativa para, luego, formar parte activa dentro de la narración. También explora los sueños, en donde se pone en crisis la idea de realidad y las imágenes que se evocan son cuestionadas ya que no se sabe hasta qué punto son reales.

Llegando al fin de estas siete cuadras, vemos como el relato toma un tinte político interesante en el cual se describe la persecución y el terrorismo de Estado. La verosimilitud del relato del cumpleaños de Washington queda resignado a un segundo plano y se va a recordar años más tarde.

El estilo reiterativo del narrador –“como ya sabemos”, “como decíamos”, “¿no?”, “más o menos”, “¿qué más da?”, “como veníamos, o venía, mejor, el que suscribe, ¿no?, diciendo”– se enfatiza cada vez más, a medida que avanzamos, y hasta podemos decir que roza con el fluir de la conciencia, por ejemplo pasa de narrar una situación profunda y significativa a narrar la descripción geométrica de las calles, sin preámbulos. La incertidumbre, la falta de verosimilitud que refleja la imposibilidad de ofrecer una versión oficial de los hechos, etc., son características que dejan entrever el “alma” (la esencia) de los personajes: ninguno posee un alma limpia, algunos presentan una dualidad que se manifiesta en luchas internas, y otros ejemplifican los cambios de percepción en la vida. Se presenta también el problema que enfrentan los personajes con el qué dirán y los prejuicios sociales.

Saer trabaja siempre con el centro y la periferia, conviven en sus novelas el ambiente rural y el urbano. Al finalizar la novela, pereciera como si los personajes estuvieran dentro de ese movimiento.

Referencias

[1] SAER, Juan José. Glosa. Pág. 3. Editorial Espasa-Calpe. 1995.

[2] Op. Cit. Pág 2.

[3] Op. Cit. Pág 3.

[4] Op. Cit. Pág. 13.

[5] Op. Cit. Pág. 21.

[6] Op. Cit. Pág. 25.

[7] Op. Cit. Pág. 44.

[8] Op. Cit. Pág. 56.

[9] Ibid.

Voces

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Una tarde calurosa de marzo, una mujer se preguntaba qué nuevo rumbo podría tomar su vida mientras aguardaba el colectivo. Una vez allí, se concentró aún más en definir ciertas cuestiones que, hacía un tiempo, le estaban quitando el sueño. El hombre que ella deseaba tener a su lado era todavía una incógnita, sin embargo, nunca había perdido las esperanzas. Su casa era, todavía, un caos ya que recién se había mudado, pero nada le resultaba más que aquella sensación de independencia. De cualquier manera, religiosamente todas las tardes, cuando regresaba del trabajo, la envolvía un vacío que no lograba comprender. Una vez recostada en su cama, sin darse cuenta, empezó a ver todo con claridad. De repente, tuvo el presentimiento de que debía hacerlo, era ahora o nunca; por lo que, de un salto se levantó, juntó su dinero y se dirigió a la estación de colectivos para sacar un boleto sólo de ida: visitaría a una persona que, tal vez, pudiera darle las respuestas que buscaba.

Por: Emilia M., 2010

Book Review: The Awakening – Kate Chopin

Sombra

Por: Emilia M.

Condemned, disagreeable, morbid, vulgar, trite, and sordid, were some of the adjectives critics used to describe The Awakening, a novel written by Kate Chopin, back in 1899.  Dealing with a woman’s quest for independence and self-fulfillment, Chopin wrote this novel while living in St. Louis at a time when the Industrial Revolution and the feminist movement were about to emerge and change society forever.

Kate Chopin was born on February 8, 1850 in St. Louis, Missouri as Catherine O’Flaherty. Daughter of Thomas O’Flaherty and Eliza Fariz, she was an avid reader of novels, poetry, and fairy tales since she was a youngster. Her father died in 1855 and, since then, Kate was surrounded and nurtured by women, a theme that she would strongly develop in her further writings. Despite having had a childhood full of trauma, she met Oscar Chopin at the age of eighteen and married him in 1870. The couple settled in New Orleans and then in Cloutierville. Oscar died in 1882 and left Kate with the responsibility of raising six children at the age of thirty-two. At this point, Kate was devastated and broke. A friend of hers thought that writing would be therapeutic healing for her, and that is how she started writing short stories. She wrote about a hundred and managed to get published by some of the United States’ most prestigious magazines. Her work was well received by society until her second novel was published: The Awakening. A novel that not only focused on the life of a sensitive and intelligent woman, but also presented, for the first time, a feminist non-conformist view regarding the social conventions of the time.

The Awakening tells the story of a woman who decided to break the conventions and expectations of Creole society, which required a married woman to devote her life to her husband and children and leave aside her own needs, and embarks on a journey of self-understanding and self-discovery.

The novel is divided into two parts, the first part is set in Grand Isle, a vacation spot usually visited by the wealthy Creoles of New Orleans, and the second part is set in the city of New Orleans. Throughout The Awakening, we are able to see how the main character, Edna Pontellier, develops a journey of self-discovery that begins in Grand Isle and finishes in New Orleans. During her stay in Grand Isle, the reader will see how she experiences certain events that would awaken her most primitive instincts. There, she meets Adéle Ratignolle, a woman who epitomizes marriage and womanly elegance. This relationship begins Edna’s process of awakening because she learns about freedom and sexual expression, which ends up liberating her. The turning point in her process comes when she meets Robert Lebrun, a man who is known in the island as one who chooses one married woman each year to whom he plays “attendant” all summer long. As their relationship grows, Edna remembers how it felt to be in love and feels more alive than ever: she starts to paint again, learns how to swim, which inspire in her an awareness of her body and her sexuality, and her affection for Robert unfolds several internal revelations. Consequently, when she returns to New Orleans, she is a changed woman. The reader will see the way in which she decided to live her life and how she has to deal with the consequences. At first, she ignores her social responsibilities, rejects her former life-style by moving out of her husband’s house into a home of her own, and declares herself independent. She does not listen to her husband, sends her children away to live with her mother-in-law, and flirts with a man for whom she has no feelings for, although her passion and sexual desire towards this stranger are higher than anything she had ever felt for her husband before. The most surprising thing is that she never feels remorse. When Edna and Robert are finally reunited, she is forced to make a decision: if she cannot be herself, she will not be at all. At this point, the reader is left to wonder to what extent Edna would break and free herself from social conventions.

Regarding her narrative, it is clear how Chopin used elements of her normal life in Louisiana to help her build this beautiful story with a narrative full of imagery, motifs, symbols, themes and a strong interest in the role of women and their behaviour within social structures. Chopin’s narrative style can be categorized as a mixture of naturalism, realism and romanticism. She was definitely influenced by French writers from whom she learned to have a perceptive focus on human behaviour and understand the complexities of social structures, and how to write about them; but writers like Wilde, James, Wharton and Shaw, from whom she added an incisive and humorous skewering of upper class pretension, also influenced her. As a result, The Awakening gave birth to the Southern novel as a genre in which the narrator is detached from the character. This is, perhaps, one of Chopin’s most important stylistic legacies because it broke the contemporary Victorian tendency toward narrative judgement and editorial commentary. In Chopin’s novels, the reader is left to assess the protagonist’s decisions.

Although, she is considered today one of the classic female writers of the nineteenth century, she was one of the most controversial writers of her time because she wrote about contemporary issues regardless of what society thought. We should always bear in mind that it was written at a time of tension between the old and the new, which led citizens to have mixed feelings about progression and what it would hold. At the beginning, the reason for her success was that she based her characters on real people and settled her stories in a specific region and community; this means that she was talented enough to present her views as curiosities of a localized culture rather than universalities in human nature. Until she wrote The Awakening, her second novel, for which she was strongly criticised and ostracized because people thought that it was too critical and were shocked by her sympathetic views towards the actions and emotions of the sexually aware and independent female protagonist. Remember that the feminist movement did not exist in Louisiana, a state in which women were still considered the property of her husbands.

Nowadays, the new generation of readers praise the candid and realistic views and find it to be informative about early American feminism, while contemporary critics find the novel to be full of details and imagery and the irony of the narrator to be a rich source of analysis. Only by learning what Kate Chopin’s been through in her life we are capable of understanding why all of her novels and short stories have strong women – or women that are weak at first, but find their strength along the story – as the main characters. What makes this novel also attractive, is that it is threaded with sensuous imagery and has a provocative ending, which invites several re-readings and a wealth of interpretations. It is one of those books that I am anxious to read again, and is highly recommended for those people who want to see and realize how much women has progressed.